Manuel Rodriguez Becerra

¿Qué entendemos por desarrollo sostenible?

(Bogotá, 21 de septiembre, 2018) Hoy son muchos los significados que se le otorgan al desarrollo sostenible. Por eso resulta imperativo aclarar a qué concepción nos estamos refiriendo con este término, ahora que inicia actividades el Centro de los ODS para América Latina y el Caribe, y responder cómo se  puede entender y practicar en el contexto de las características económicas, sociales, culturales y ambientales propias de esta región del planeta.

Desarrollo sostenible es una concepción que, desde su  adopción por las Naciones Unidas en 1992, obtuvo una aceptación inusitada como lo revela el hecho de que diez años después se destacaba en 8.720.000 páginas web y se  encontraba embebida en los más diversos tratados y planes y programas gubernamentales, del sector privado y de la sociedad civil. Esta aproximación al desarrollo fue vigorizada en forma contundente en 2015 cuando  todos los países del mundo acordaron los 17 objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) así como el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, que deberán verse cumplidos hacia el año 2030.

El desarrollo sostenible: una concepción universal

Al tiempo que celebramos la creación de este Centro es necesario insistir en  el significado e implicaciones del término desarrollo sostenible pues este ha sido objeto de los más diversos usos y abusos.   La concepción del desarrollo sostenible, que se origina a raíz de la crisis social y ambiental del modelo económico basado exclusivamente en la idea de crecimiento, ya se instaló para siempre en el discurso global  y, cada vez más, se equipara con ideales cuya historia ya tiene varios siglos -como la democracia, la libertad o la igualdad. Sin embargo, no obstante su universalización, no pocos aún piensan que el desarrollo sostenible es sólo una moda  o un cuento chimbo de los ambientalistas extremos empacado en papel de regalo de navidad. Algunos empresarios y políticos lo usan como asunto de relaciones públicas (“green washing”), o para esconder desempeños que están lejos de contribuir al bienestar general de la sociedad  y a la sostenibilidad ambiental , dos elementos que están en el corazón del desarrollo sostenible.

Los límites ecológicos del planeta y el desarrollo sostenible

Hay que aclarar que la esencia de la concepción del desarrollo sostenible,  que la diferencia de otras aproximaciones al desarrollo, es el reconocimiento de los límites ecológicos del planeta. No es un asunto menor. Hoy se sabe que incrementar la temperatura media de la superficie de la Tierra más allá de 2°C, en relación con la época preindustrial, conduciría a una desestabilización climática con graves impactos en todos los  lugares del planeta. Y si la temperatura se excediera de ese límite las consecuencias podrían llegar a ser catastróficas. Por eso los países han acordado descarbonizar la economía a través del Acuerdo de París, un acuerdo sobre el desarrollo sostenible que por su urgencia y sus alcances e impactos económicos, sociales, culturales y ambientales, no tiene antecedentes  en la historia de los tratados internacionales.

En este contexto, los 17 ODS  tienen como propósitos centrales erradicar la pobreza, disminuir la desigualdad y la exclusión, y propender por un mundo en paz y por una prosperidad para todos, buscando caminos para alcanzarlos que aseguren que el planeta se mantenga dentro de los límites dictados por la naturaleza. Hoy se señalan, además del cambio climático, otros límites ecológicos cuya trasgresión es imperativo evitar: integridad de la biósfera, uso del suelo, uso del agua, ciclos de nitrógeno y fósforo, capa de ozono, acidificación de los océanos, y carga de areosoles atmosféricos, entre otros.  Esos límites ecológicos del planeta tienen su equivalente a diversas escalas, con sus consecuencias en términos de los condicionamientos que estos imponen a las necesarias actividades económica y sociales: así como en el Páramo de Chingaza existen unos límites ecológicos, también existen en la gran selva Amazónica o el mar caribe, considerados como ecosistemas, o en el arrecife coralino de las islas del Rosario, o en ecosistemas fuertemente transformados por la actividad humana, como son los los cerros orientales de Bogotá, o los ecosistemas agrícolas de diverso orden.

Interacciones: una de las claves de los ODS

Así pues que en esta integración particular de lo social, lo económico y lo ambiental,  radica el poder del concepto del desarrollo sostenible y, también, la enorme complejidad para alcanzarlo. Pero los 17 ODS no son compartimientos estanco como parecerían creer algunos gobiernos y empresas que se han limitado a rebautizar viejos programas de desarrollo o de responsabilidad social corporativa, sin parecer entender que el desarrollo sostenible implica una visión holística que parte por reconocer la existencia de los límites ecológicos. Un ejemplo: el Objetivo 2, un mundo sin hambre, exige que la producción de alimentos se duplique en los próximos 40 años. Se requiere desarrollar una agricultura que, al incrementar su productividad y ser económicamente exitosa, asegure una alimentación adecuada y suficiente  para todos. Y, al mismo tiempo, que utilice menos agua por unidad producida y disminuya su contaminación con miras a impedir una crisis generalizada de acceso a este líquido vital, como se presenta ya en miles de lugares del mundo; y que haga mejor uso del suelo toda vez que, de acuerdo a la ciencia, ya se sobrepasó su límite ecológico global como se evidencia en su masiva degradación en diversas regiones y en el empobrecimiento de su calidad. Es igualmente prioritario que el aumento de las producción agrícola no se adelante a expensas de la destrucción de bosques y otros ecosistemas poco intervenidos, pues con ello se agravaría el proceso de extinción de especies, otro límite ya trasgredido, y aumentaría las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Además, se hace imperativo generar nuevas  formas de manejo y nuevas tecnologías agrícolas para enfrentar estos y otros retos, así como educar a campesinos y empresarios agroindustriales en su uso; entre estas, se incluyen aquellas dirigidas a transformar los sistemas de labranza y fertilización para disminuir la emisión de GEI y evitar una mayor desestabilización del ciclo de nitrógeno. Prioritario también aumentar la resiliencia de los sistemas agrícolas a las embestidas del cambio climático que hoy se presentan y avecinan, como las sequías y las olas de lluvias más agudas. Así, por ejemplo, la gestión de la ganadería bajo los principios de sostenibilidad se puede hacer a partir de los promisorios sistemas silvopastoriles intensivos, una tecnología ya ampliamente probada en Colombia, México y Costa Rica, que genera una más alta productividad, enriquece la flora y la fauna, y conlleva una mejor protección de los suelos y las aguas y una menor emisión de GEI. Y, tan importante como todo lo anterior, es necesario  que las rutas a tomar para incrementar la producción de alimentos aseguren la erradicación de la pobreza, la disminución de la desigualdad, y una mayor inclusión social en el campo, incluyendo la reducción de las brechas de género y etnicidad.

Así que realizar el ODS 2, hambre cero, implica incorporar el cumplimiento de metas concretas asociadas a diversos ODS  con miras a garantizar la sotenibilidad social, ambiental y económica, entre otros: ODS 1, fin de la pobreza; ODS 3, salud y bienestar; ODS 4, calidad de la educación; ODS5 equidad de género; ODS 6, agua limpia y saneamiento; ODS 8, crecimiento económico y trabajo decente; ODS 10, reducción de desigualdad; ODS 12, producción y consumo responsable; ODS 13, acción por el clima; ODS 14, vida submarina; ODS 15, vida de ecosistemas terrestres.

Diversas interacciones, con diferentes grados de robustez, se da en cada uno de los ODS con respecto a otros. Así, por ejemplo, podríamos construir un caso similar con respecto al ODS 11, ciudades sostenibles, esos centros que representan aproximadamente el 85% de la actividad económica mundial, dos tercios de la demanda de energía y 70% de las emisiones totales de dióxido de carbono. Por ende, el bienestar de la población  y el futuro ecológico del planeta, dependerá de la medida en que se tenga éxito de conducir las ciudades hacia el desarrollo sostenible, como establecido en el ODS 11 y en otras metas asociadas de otros ODS. 

Los ODS en América Latina y el Caribe

En el trabajo del CODS es imperativo partir de las características de América Latina y el Caribe de hoy, es decir, aterrizar la concepción del desarrollo sostenible en una región que se caracteriza por presentar la más alta concentración de la riqueza y la desigualdad del mundo y una amplia proporción de la población en la pobreza y la miseria; por tener una alto índice de urbanización que hoy llega al 80% en contraste con la mayor parte de países en desarrollo que aún no llegan al 50%;  por registrar los mayores índices de violencia; y por contar con una gran diversidad étnica y cultural. En el campo ambiental se caracteriza por contar con la más alta riqueza en agua y biodiversidad del planeta, esta última la cual que se expresa, entre otras, en su extensa cobertura forestal como proporción de la extensión de su territorio. Si bien las diferentes subregiones de América Latina y el Caribe comparten estas características, hay que hacer énfasis en que el Caribe es una zona en la  que los impactos del cambio climático están siendo, y serán, mucho más altos que en el resto de la región. Existen muchas más características que nos definen, pero aquellas, quizá las principales, sirven para entender mejor los retos que implica transitar hacia la senda del desarrollo sostenible, y sirven, también, para otear cuáles podrían ser las contribuciones del Centro de los ODS que apenas comenzamos a construir.

En el Centro esperamos ofrecer un espacio para que desde América Latina y el Caribe se contribuya al pensamiento global sobre el qué, el para qué y el cómo del desarrollo sostenible. Este concepto fue elaborado por la Comisión Bruntland en 1987 y, como se dijo, consagrado políticamente en la Conferencia de Río de Janeiro en 1992, con la adopción de diversos tratados incluyendo el de cambio climático. Pero hay que señalar que veinte años antes se inició un debate intelectual entre los países del norte y los países del sur en términos de cómo enfrentar la problemática ambiental. Se acuñó entonces el  concepto de ecodesarrollo que abordó, por primera vez, la indisoluble relación entre la protección del medio ambiente y el desarrollo. Justamente en Bogotá tuvo lugar,en 1983, una de las conferencias en que se debatió el concepto de ecodesarrollo que, adoptado por representativos intelectuales de los países del sur fue precursor del concepto de desarrollo sostenible. Y fueron los países del sur los que en 1992, en la Cumbre de Río, plantearon que el contrato social internacional tenia que incluir el imperativo de garantizar la satisfacción de necesidades de los más pobres y reconocer las diversidad cultural como uno de sus fundamentos.  En contraste la noción de ecodesarrollo de los países del norte venia con la premisa de que ya se habían resuelto los problemas materiales y se necesitaba pasar a una sociedad postmaterialista, a partir de una visión basada en los supuestos de la denominada civilización occidental. Los países del sur no tenían resueltos entonces, ni los tiene resueltos hoy, los profundos problemas de miseria y pobreza, y por esa razón es muy significativo que nuestro centro se encuentre en una región que fue protagonista y anfitriona del debate sobre el ecodesarrollo.

En América Latina y el Caribe la concepción del desarrollo sostenible ha sido materia de diversos debates  y cuestionamientos como ocurre con otro conceptos universales. Y ha sido, también, objeto de procesos que la han enriquecido como se evidencia en el reconocimiento de la naturaleza como sujeto de derechos. Así se estableció en las constituciones de Bolivia y Ecuador, así como en las sentencias expedidas por las cortes constitucional y de justicia de Colombia sobre el río Atrato y la selva amazónica, en los dos últimos años, que se suman a las legislaciones que, en el mismo sentido, han surgido en otros países del mundo, como la India y Nueva Zelandia. En últimas, estas normas jurídicas son el producto de luchas de diversos grupos de la sociedad civil,  y se fundamentan en una nueva ética de la relación del ser humano con los otros seres vivos que está en su amanecer. En forma similar, en algunos países de la región se ha planteado la aproximación del buen vivir como sustituta de aquellas concepciones que miden el bienestar en términos económicos y de consumo, otro aporte latinoamericano que, con otros originados en diversas latitudes, está contribuyendo a redefinir componentes centrales de la concepción de desarrollo sostenible. Además, en los dos últimos años un grupo de aproximadamente 25 expertos de diversos países de la región, bajo los auspicios de la Fundación Fes de México,  han venido adelantando un fascinante trabajo de reflexión denominado como la “Transformación social-ecológica de América Latina”. Cerca de doce reuniones y un conjuno de más de veinte documentos dan fe de su trabajo que por estos días se comienza a publicar.

A nivel global la reflexión  sobre el desarrollo sostenible se atizó con la aprobación de los ODS y del Acuerdo de Paris en 2015. El libro de Jeffrey Sachs “La era del desarrollo sostenible” ha marcado un punto alto al profundizar sobre su significado e implicaciones, no sin cuestionar muchas de las que se consideraban como indiscutibles  verdades del desarrollo económico. A su vez el Papa Francisco en Laudato SI al hacer una tajante crítica al rumbo de las sociedades contemporáneas, ha propuesto redefinir el progreso social y económico, a partir de la doctrina católica, mientras que adopta los límites ecológicos del planeta como elemento esencial de la concepción del desarrollo sostenible. Laudato Si recoge algunas de las visiones surgidas en Latinoamérica en los años ochenta del siglo pasado, cuando se reflexionaba sobre el ecodesarrollo,   como se manifiesta en la expresión “el grito de los pobres y el grito de la tierra”, un planteamiento de la teología de la liberación que sirvió al Papa Francisco para sintetizar uno de sus mensajes centrales. Independientemente de la postura que se adopte frente a los planteamientos de Laudato SI, – la aceptación, el acuerdo a medias, o el rechazo-, debemos reconecer que es una encíclica inspiradora y contundente en el llamado que hace para que desde las diversas religiones, ideologías, y teorías del desarrollo se entable un diálogo para acordar una ética universal sobre el cuidado de la casa común, que no es asunto distinto al cuidado de la dignidad humana y de la naturaleza a partir del reconocimiento de los límites impuestos por esta.  Se trata, en síntesis, de un necesario diálogo en el que nos proponemos también participar desde este Centro que hoy inicia su vida y que toma como su razón de ser los objetivos del desarrollo sostenible en América Latina y el Caribe.

Referencias

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Iglesias, Enrique V. “Pasado, presente y futuro del ecodesarrollo”. En Marino de Botero Margarita y Juan Tokatlian (comps.), Ecodesarrollo, el pensamiento del decenio. Bogotá: INDERENA/PNUMA, (1983): 507-512.   

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Rodríguez Becerra, Manuel y María Alejandra Vélez (Eds). 2018. Gobernanza y Gerencia del Desarrollo Sostenible. Bogotá: Facultad de Administración y Centro de los Objetivos del Desarrollo Sostenible y América Latina y el Caribe, Universidad de los Andes (en impresión, aparece en octubre).

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