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Biocombustibles al banquillo

 

"Mientras a muchos les preocupa llenar de combustible sus tanques, otros están luchando para llenar sus estómagos." Es la afirmación del presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, al referirse a las perversas consecuencias que la expansión de los cultivos agrícolas para producir biocombustibles está generando sobre los dos mil millones de pobres del mundo.

El caso del maíz es patético. Su precio se ha doblado en los dos últimos años, principalmente como consecuencia de la decisión del gobierno de los Estados Unidos de fomentar la producción de etanol para diversificar sus fuentes de energía.

Pero los negativos impactos sociales no paran allí: en muchas latitudes, las condiciones laborales de los trabajadores de los biocombustibles son inaceptables, mientras que en otras se han desplazado forzadamente pequeños campesinos y comunidades indígenas y negras para abrir campo a los grandes latifundios para producirlos. Y si a los anteriores problemas sociales sumamos los graves daños ambientales ocasionados por gran parte de los cultivos para biocombustibles, el balance resulta aún más negativo.

Recientes artículos aparecidos en prestigiosas revistas científicas han cuestionado el supuesto de neutralidad de los biocombustibles frente al calentamiento global, justificación de las más publicitadas para mezclarlos con el diésel y la gasolina.

En un estudio dirigido por Paul Crutzen -una de las mayores autoridades sobre clima en el mundo y recipiente del Premio Nobel en química por sus investigaciones sobre la capa de ozono- se encontró que el etanol proveniente de la canola y el maíz pueden producir respectivamente el 70 y el 50 por ciento más de gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles tradicionales. Es un hallazgo resultante del análisis de su ciclo de vida, que consiste en un detallado seguimiento de los efectos del biocombustible para el medio ambiente, incluyendo la etapa agrícola, el proceso de destilación y su combustión final. En el caso del maíz y la canola, el uso intensivo de fertilizantes nitrogenados para el cultivo determina su negativo balance, toda vez que los óxidos de nitrógeno son unos potentes gases de efecto invernadero.

En otro estudio, liderado por el científico Geogie Fargioni, se concluye que la conversión de selva tropical, humedales, sabanas y praderas en suelos destinados a producir diferentes biocombustibles libera entre 17 y 420 veces más de dióxido de carbono que el total de ahorros anuales de emisión de gases de efecto invernadero esperados de estos productos (Science, febrero del 2008).

Así que los biocombustibles producidos a partir de la tala de selvas y transformación de sabanas -que representarían una proporción significativa de los originados en los grandes países productores del trópico, en particular a partir de la caña de azúcar y palma de aceite- tienen un impacto altamente negativo en relación con el calentamiento global, que se suma a otras consecuencias que conlleva la destrucción de estos ecosistemas, como son la pérdida de biodiversidad y la alteración de los recursos hídricos.

Los fracasos ambientales y sociales de los biocombustibles en el ámbito global son evidentes. ¿Podrá nuestro país transitar por una senda distinta, ahora que se propone expandir sustantivamente su producción? En el reciente documento Conpes sobre biocombustibles se subraya el firme propósito del Gobierno de promover una agroindustria social y ambientalmente sostenible. Pero lo único que sabemos con certeza es que Colombia registra una lamentable y larga historia de violencia contra los más débiles y de degradación ambiental, asociada a las grandes expansiones agropecuarias, como lo fue en el lejano pasado la industria del café y, más recientemente, la del banano. ¿Acaso vamos a modificar nuestra conducta en aras de construir una sociedad más justa y amigable con la naturaleza, ahora que se esboza tan lucrativo negocio para unos pocos?

Manuel Rodríguez Becerra
Publicada en El Tiempo. 5 de mayo de 2008

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Manuel Rodríguez Becerra. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización agosto 2017
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