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El río Cali como símbolo del presente y del futuro de las fuentes de agua de la ciudad y sus ecosistemas

 

Prólogo de Manuel Rodríguez Becerra[1] al libro:
Agua en la vida de Cali. Patiño Sylvia (Editora) Bogotá: Editorial Panamericana, 2008

 

A Cali la cruza un río alegre, y,  quizás, por eso, siempre ha ocupado un lugar privilegiado en su cotidianidad, a diferencia de la mayor parte de ciudades de Colombia que han preferido  dar la espalda, e  incluso sepultar,  a sus ríos -aquellos  en cuya ribera  se fundaron-, para olvidar y, a veces, ocultar el daño mortal que les han propinado. Así, por ejemplo, en Bogotá, del Río San Francisco sólo quedan los grabados, las fotos de principios de siglo y alguna bella pintura de Juan Cárdenas que, desde el puente que estaba ubicado a la diestra de  la iglesia de su nombre, recuperó magistralmente su memoria.  

El río Cali que fluye desde la alta montaña, para atravesar ruidoso el piedemonte de la ciudad y su valle, y encontrar remanso en las vecindades del Cauca en donde desemboca, ha sido objeto, en su parte media y baja, de  la inevitable  transformación ocasionada por la fulgurante y atropellada  actividad de la ciudad y sus alrededores. Es una transformación  que ha incluido, entre otras, la invasión de sus riberas por la agricultura y la ganadería (Cali aguas arriba),  la urbanización de su cuenca media y baja, las canalizaciones y obras civiles para controlar las inundaciones, las mercedes de aguas para diferentes usos,  la recepción de las aguas lluvias recolectadas en las calles de la ciudad y de las aguas servidas domésticas e industriales (un problema, este último, que parece estar solucionándose), la pérdida de las áreas de vida silvestre y de inundación natural, y la desaparición de algunas especies de flora y fauna, y la invasión de otras exóticas. En su paso por Cali, y hasta su desembocadura, hace parte de un complejo ecosistema urbano, en contraste con los ecosistemas naturales  de baja perturbación de los cuales  en el Valle del Cauca restan muy pocos, sobresaliendo entre ellos los situados en el Parque Nacional Natural de los Farallones de Cali, allí donde precisamente nacen las diferentes fuentes de agua que a la postre van a conformar el río Cali.  

Además,  algunas de  las características funcionales del  río Cali  han desaparecido quizá para siempre: ya no puede, en gran parte de su curso, depositar sus ricos sedimentos que durante cientos de miles de años enriqueció los suelos de sus riberas. Y es que no debemos olvidar que todo río es flujo de agua, flujo de vida acuática, y flujo de sedimentos orgánicos  que forman y fertilizan los suelos.   

No se trata de una nota nostálgica sobre un idealizado estado prístino de la naturaleza  para contrastarlo con los ecosistemas en que vivimos, remodelados por el hombre  y de los cuales hacemos  parte integral. Porque el río Cali está  lleno de vida, y es una expresión  de la modificación inevitable del paisaje que conlleva la capacidad del hombre para crear y destruir, todo en pos de la supervivencia de nuestra especie la cual  es una empresa que, con frecuencia, se  torna contra si misma y produce indecibles situaciones de deterioro y despilfarro social y ambiental.  

El río Cali de antaño  y del presente se testimonia en las bellas e inusitadas fotografías de Sylvia Patiño, editora de esta magnifica obra,  y en los textos de diversos autores que las acompañan. Y el de hoy se materializa, entre otros, en la provisión de agua para diferentes usos agrícolas e industriales, en el suministro de agua  a 350.000 habitantes  -después de su potabilización en la Planta del Río Cali-, en sus amplios cambios de caudal a lo largo del año,  en sus hermosos parajes, en su rica biodiversidad y, también, en sus rincones de olvido y de fealdad. Y se manifiesta, también,  en la conservación de su donaire, o por lo menos del que le conocí de niño, hace más de cincuenta años  cuando,  de vacaciones escolares en el Valle, pedía  a mi madre que me  llevara a sus diversos puentes para contemplar, desde allí, deslumbrado, su paso festivo.   

Pero es un testimonio que también nos señala que el río Cali tiene una vida precaria en razón de los múltiples problemas ambientales que enfrenta, entre los cuales sobresalen la contaminación, y el creciente deterioro de los ecosistemas naturales del Parque Nacional de los Farallones de Cali.  

En suma, el río Cali simboliza lo sucedido con los otros seis ríos de la ciudad,  tal como se evidencia a lo largo de las imágenes y los diferentes textos que documentan los casos de la evolución y estado actual de los ríos Cauca,  Meléndez, Pance, Aguacatal, Lili,  y Cañaveralejo, así como la historia del proceso de la potabilización de las aguas que se toman de estas fuentes.    

Y hoy, a similitud de lo que ocurre en todos los lugares del mundo, la escasez del agua se avizora en Cali, y el rico Valle del Cauca,  como una gran amenaza,  que es consecuencia del uso de sus ríos, y otras fuentes de agua dulce como las subterráneas, más allá de su sostenibilidad ambiental y social. Y es una gran paradoja por que el Valle, a semejanza  de otras regiones del país, se caracteriza por la abundancia de este recurso, en comparación con el resto del mundo. 

Pero es una amenaza que se puede vencer si se acomete en forma sistemática, y casi que obsesiva, la protección del agua en la ciudad-región, que incluye su descontaminación, la conservación y fortalecimiento de los ecosistemas en los cuales nacen y se desarrollan ríos y quebradas, la restauración de algunos de sus componentes estratégicos -como son, por ejemplo, sus boques protectores y los humedales-, y la recuperación de algunas de sus funciones –como, son por ejemplo, la recreativa y la de servir de hábitat a especies que están hoy en peligro de extinción.  

El futuro del agua y los ríos de Cali, está indisolublemente vinculado al fortalecimiento, desarrollo y  reorientación de sus Empresas Municipales, toda vez que la empresa de acueducto del futuro, en Colombia y el resto del mundo, se insinúa, necesariamente, como una empresa socio-ambiental. No solamente se trata de proveer agua potable a la ciudad sino también de garantizar el derecho a su  acceso a todos los ciudadanos, independientemente de su condición económica, así como de propender por su ahorro y buen uso. No se trata solamente de recolectar las aguas servidas de carácter doméstico e industrial y descontaminarlas para regresarlas al medio natural con una calidad que sea aceptable para la salud humana y la naturaleza, sino también de participar activamente en la protección de los ecosistemas estratégicos relacionados con el agua, como son los páramos y supáramos, el bosque alto andino, y el bosque de niebla.  

En fin, EmCali, como empresa pública,  tienen la gran oportunidad, y el deber, de  participar activamente en la gestión integrada de este recurso, pues solo así estará  en capacidad de garantizar, en el futuro, el agua para beber requerida por Cali y las poblaciones vecinas, y de contribuir, así,  en forma plena a garantizar el derecho de todo los ciudadanos a disfrutar de un medio ambiente sano. Y este libro constituye una contundente invitación, visual y argumental,   para que se enfrente ese enorme reto.


 

[1] Profesor Titular de la Universidad de los Andes
Ex ministro de Medio Ambiente.

 

 

 

 

 

Derechos Reservados de Autor. Manuel Rodríguez Becerra. Bogotá, Colombia.
Ultima actualización agosto 2017
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