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Presentación del libro “Colombia de los imaginario a lo complejo” de Julio Carrizosa Umaña

 

Julio Carrizosa Umaña. 2003. Colombia de los imaginario a lo complejo. Reflexiones y notas acerca de ambiente, desarrollo y paz. Bogotá, D.C.: Instituto de Estudios Ambientales, Universidad Nacional de Colombia (ISBN: 958-701-292-5)

¿Tiene el ambientalismo algo que decir sobre la pobreza y la inequidad, la violencia, el narcotráfico, y la guerra? En particular ¿Puede el ambientalismo contribuir a mejorar nuestro entendimiento sobre las causas y procesos que dieron lugar a la actual situación? ¿Tiene el ambientalismo algo que aportar sobre las posibles alternativas para superar estos problemas? ¿Está en capacidad de contribuir en la construcción de un modelo de desarrollo para el país? Las creativas tesis presentadas por Julio Carrizosa y las evidenciadas que las respaldan constituyen una positiva respuesta a estos interrogantes. Su planteamiento central se refiere a la identificación de la diversidad y la complejidad del territorio colombiano y las formas ineficaces e ineficientes como ha sido intervenido, a través de la historia, centrándose en los cinco grandes sistemas ambientales regionales. Estas desafortunadas intervenciones –con una diversidad de impactos negativos no solamente en el campo ambiental, sino también en el económico, social y cultural-, han sido lideradas tanto por el sector público como privado, y en gran parte se explican por la aplicación de aproximaciones simples sobre una realidad compleja. La visión de un país caracterizado por un territorio complejo contrasta con aquella imagen de Colombia como un lugar del planeta prodigiosamente rico en recursos naturales, arraigada en diversos grupos de nuestra sociedad, incluyendo aquellos que han tenido la responsabilidad de dirigir los asuntos públicos y privados del país. Más recientemente esa noción ha sido encapsulada en la aproximación según la cual Colombia pertenece al exclusivo grupo de países megadiversos, quizá el segundo del planeta, como expresión de su enorme riqueza en flora y fauna, y su diversidad de ecosistemas y paisajes. Pero Carrizosa afirma, con buenas razones, que antes que un país mega-diverso es un país mega-complejo desde los puntos de vista biológico y geográfico. En general, los historiadores han identificado la realidad geográfica del país como un factor central para entender el devenir político, social y económico. Pero la diversidad y complejidad de los ecosistemas en las que se hace hincapié parecen mucho mayores que aquellas reconocidas por los historiadores, y en general las diversas ciencias sociales, que han buscado interpretar nuestro devenir. Precisamente, Carrizosa, al reflexionar sobre este último tema, señala que las formas mediante las cuales nuestra sociedad ha intentado dominar el territorio parten de concepciones extremadamente simples. La disonancia entre estas concepciones, y formas de intervención que de allí se derivan, con la complejidad característica de los territorios objeto de aquellas, sirven al autor para explicar porqué una gran parte de los problemas sociales, económicos, políticos y ambientales que hoy enfrentamos se han originado o agravado con los procesos de ocupación. Se sintetizan en fracasos que muchas veces han conducido a la violencia como su única válvula de escape, tal como se ilustra a través de las ocupaciones relativamente recientes del Urabá, Arauca, Caquetá, Putumayo, y el piedemonte llanero.

El sumun de las visiones simples sobre nuestro territorio y sus posibilidadades las encuentra Carrizosa en el discurso de representativos miembros de la elite colombiana, y en particular de Bogotá. La imagen predominante del país por parte de los dirigentes de la primera mitad del siglo XX era la de “un edén pletórico de riquezas”, o una visión muy positiva del territorio como factor de desarrollo, la cual conjugaron con la idea decimonónica del progreso. En balance, las clases dirigentes han intentado promover el desarrollo económico y social a partir de algunos marcos teóricos importados, mediante los cuales se busca solucionar problemas locales generados por la complejidad del ambiente físico y social.

Pero el territorio no solo ha sido el objeto de intervenciones iluminadas por esas concepciones simplistas de origen racional. Según Carrizosa en “estas secuencias de imaginarios los modelos ideológicos se han mezclado con las emociones para transformar el medio ambiente.” Así, por ejemplo, afirma que en el caso de Bogotá y la Sabana sería posible identificar la forma en que ideas y pasiones se entreveran para construir cada imagen: mercantilismo, utilitarismo y epicureismo se robustecen con el afán de enriquecimiento, el miedo, la imitación, la envidia, la ira y la soberbia.

Las emociones -las pasiones-, son una dimensión que cobra una especial importancia en los planeamientos de Carrizosa y se señalan como parte integrante del ambientalismo complejo, en contraste con las teorías de desarrollo tradicionales que simplemente las excluyen. Placer y odio son las pasiones identificadas como predominantes en nuestro medio, y ellas no resultan, a similitud de las aproximaciones supuestamente racionalistas, adecuadas para enfrentar un ambiente complejo. Precisamente, la búsqueda del placer es una de las pasiones que se identifica como integrante de la cultura colombiana, en particular de las subculturas costeñas y llaneras y en las ciudades de clima caliente. Es una característica que se encontraría menos en el imaginario de la elite de Bogotá, de ayer y de hoy. Precisamente J. Carrizosa subraya que una de las grandes oportunidades que tiene el país es canalizar la gran capacidad lúdica de Colombia como uno de los pivotes del desarrollo. Esa búsqueda de placer se expresa en la riqueza de la música popular, la plástica y la ficción. Además, podría hacerse eclosionar con la belleza de Colombia que constituye para el autor una de las principales riquezas de su territorio. Según él, esa oportunidad encuentra su fundamento en el hecho de que nuestro país sea más bello que rico: “Colombia está plena de un caos bello y placentero que en ocasiones se deforma y conduce a la guerra, pero que mantiene siempre su potencial estético. ¿Como lograr que la complejidad produzca campos lúdicos y no campos guerreros? Este podría ser el gran objetivo del ambientalismo en Colombia. (pág. 43)” Esta última reflexión, como muchas otras que se hacen a lo largo del libro, es una clara incitación al lector para que se libere de las ortodoxias y capture las diversas dimensiones, que como el placer, hacen parte de la complejidad del país y constituyen los simientes para construir una sociedad en paz, más justa y con mayor calidad de vida. El placer es una pasión que se encuentra también en las raíces mismas de la sociedad consumista, y que se encuentra hoy exacerbada por las ortodoxias económicas.

En síntesis, en la gran disonancia entre la diversidad y complejidad del territorio y los modelos con lo cuales se ha enfrentado su intervención se encuentra gran parte de las claves de la insostenibilidad económica, social, cultural, ambiental y política que caracteriza hoy al país. Los modelos provenientes de la economía han dominado esas intervenciones, y en forma creciente con posterioridad a la segunda guerra mundial. Es un tema que examina Carrizosa con gran amplitud, para concluir que esa ciencia en un acto de humildad debería “hacer pública que no puede resolver todos los problemas de la humanidad, confesar que sus modelos son tan dogmáticos y fundamentalistas como los islámicos y aceptar que su ilusión de la racionalidad económica es sólo eso: otra esperanza heredada del iluminismo del siglo XVIII” (pág. 123). Este acto de humildad sería para Carrizosa el pase para que la economía sea aceptada en el paradigma de la complejidad. Una observación esta última cargada del humor y la ironía que el autor, en varios apartes de su libro, nos ofrece como puerta de escape a las muchas trampas en que parecemos hoy atrapados.

Para Carrizosa la insostenibilidad social tiene también sus raíces en creencias y comportamientos fuertemente arraigados en las clases dirigentes y otros grupos de la población, siendo la violencia, el amiguismo y el neo-racismo, los que tienen mayores consecuencias. De nuevo estamos en el ámbito de las pasiones. Especial mención merece aquí el tema del neo-racismo, un comportamiento en incremento que no se reconoce por parte del amplísimo grupo de colombianos que lo ejerce, y en el cual se explican indecibles injusticias sociales y yacen potenciales de mayores violencias. A su vez, la concentración del poder económico y político se afianza en el amiguismo, otro comportamiento arraigado en Colombia cuyos orígenes, a similitud del ne-oracismo también se explora en la obra que comentamos. Por último los orígenes de la violencia se analizan desde diversas perspectivas que incluyen la humillación, la ideología, y el materialismo, visto este último desde el organismo individual que ejecuta el acto violento y a la materia que constituye el espacio en que se planea y se ejecuta ese acto. Tanto la violencia partidista de los cincuenta, como el surgimiento de la guerrilla en los sesenta, y el auge del narcotráfico en los ochenta encontraron un escenario muy favorable en la complejidad de los ecosistemas colombianos. Además, las diversas violencias ejercidas como parte de estos procesos han incidido en la conformación de los modelos mentales que, a su vez, alimentan los comportamientos violentos avivados hoy circunstancias como el miedo y el hambre.

Previamente a plantear algunas soluciones para superar la encrucijada colombiana, en la obra se hace una disección del concepto de desarrollo sostenible en sus principales expresiones. Se subraya que para alcanzar la sostenibilidad se requiere abandonar el neoclacisimo económico y el marxismo, que han intentado enverdecerse como se ilustra en algunas de las versiones de desarrollo sostenible que constituyen una muestra más de las distorsiones que ha alcanzado el concepto. Se plantea entonces acudir a las teorías del desarrollo sostenible y a las nuevas aproximaciones de la economía ecosociológica, que en diferentes apartes del libro se expresan en oportunidades para buscar acciones posibles para mejorar la situación en lo local y en lo regional. Pero la universalización de esas aproximaciones requiere como fundamento la creación de una cultura de la sostenibilidad, proceso en el cual la educación debe jugar un papel clave. No se trata de la educación ambiental que hoy se ofrece a partir del ambientalismo tradicional, pues los dos están condenados a simplemente enverdecer el modelo dominante. Para Carrizosa las claves hay que buscarlas en el poder de la mente humana, y sobre todo “en las uniones sinergéticas de de mentes que a lo largo de la historia han logrado equilibrar las tendencias dominantes en cada época para regresar y avanzar hacia lo que caracteriza las comunidades humanas, la complejidad creativa.”

Lo ambiental proporciona contexto y especificidad a eventuales procesos de negociación de la paz: “un tratamiento interdisciplinario crea escenarios de consenso, enriquece la comprensión de la situación, fortalece la percepción y diseño de soluciones en diversas formas,….amplia los contextos en que se construyen los modelos, simplifica y rompe los obstáculo ideológicos..” (pág. 186). A su vez, la economía sociológica podría dar las bases para una reconciliación nacional mediante un proceso de compensación a los pobres del campo que tuviese entre sus componentes la satisfacción de las necesidades básicas, acompañadas de un proceso masivo de restauración ecológica como premisa para la reactivación económica que allí se debe generar. Esta reactivación debería tener como uno de sus dinamos la promoción de un nuevo eje económico de lo lúdico para la exportación. Se trataría de la construcción de un proceso de paz en el reconocimiento mutuo de los dirigentes de Colombia y de los combatientes de la necesidad de compensar a las víctimas de las consecuencias tanto del fracaso de las orientaciones que hasta ahora ha tenido el país, como del fracaso de la guerra como alternativa.

Carrizosa señala seis estrategias como base para el “gran empujón” que requiere el país: tres en el ámbito nacional y tres en el internacional. Entre estas últimas subraya la necesidad de asegurar un flujo de inversiones extranjeras sin precedentes que tendría como detonantes el rendimiento económico, los beneficios originados en mayores servicios ecológicos, y razones éticas generadas en la constatación del enorme daño infligido a Colombia como consecuencia del narcotráfico. En este último campo Carrizosa parece excesivamente optimista. La solidaridad internacional, que supone se requeriría, no tiene precedentes en las relaciones entre los países en la historia reciente, y no existiría ninguna razón para que ese comportamiento varíe, menos en la coyuntura actual.

De la lectura del libro de Julio Carrizosa se concluye que el ambientalismo tiene que decir, y mucho, para entender nuestra realidad. Los dirigentes, y el público en general, hacen, en el mejor de los casos, preguntas a los ambientalistas sobre formas para la protección de la flora, la fauna y las aguas. Estas últimas preguntas van dirigidas al ambientalismo denominado por Carrizosa como vulgar, que para el efecto tiene una infinita batería de instrumentos y estrategias, muchos de los cuales no rinden todos los frutos esperados o se chocan con el fracaso por razones similares a las de las otras aproximaciones y disciplinas, como la economía o la politología, es decir por tratar de enfrentar problemas complejos a partir de la simplicidad y de la ortodoxia. La confianza en el ambientalismo complejo como alternativa a los paradigmas tradicionales se basa en una premisa simple, ampliamente evidenciada en el trabajo presentado: esta propuesta parte del reconocimiento de la necesidad de hacer cambios profundos y simultáneos en el ambiente físico, biótico y cultural anclados en la complejidad de las mentes y sus interrelaciones.

Manuel Rodríguez Becerra
Universidad Nacional, Junio 12, 2003

 

 

 

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Ultima actualización agosto 2017
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